miércoles, 15 de mayo de 2013

GUERRAS DE ADORACIÓN -Dr. Robert Godfrey (Parte 1)


Usted puede ya haber escuchado la historia de dos hombres debatiendo asuntos de adoración. Ellos tenían ideas totalmente diferentes y eran incapaces de persuadir el uno al otro. Al final de la discusión, uno de los hombres le dice al otro: “Bueno, tú adoras a Dios a tu manera y yo lo adoraré como Él quiere”.

Tal vez le parezca gracioso este comentario, pero necesitamos recordar cuán variadas son las formas de adoración que las iglesias han practicado y cuán vehementes debates sobre adoración han existido. El debate sobre el uso de las imágenes en el siglo XVIII y XIX llevó a la violencia en la iglesia Oriental. Diferencias sobre adoración en el siglo XVI formaban parte de lo que dividía al Cristianismo Protestante del Católico Romano, una división que continúa en nuestros días.

Entre los Protestantes contemporáneos encontramos diferencias significativas en la adoración. Algunas formas de adoración están llenas de ceremonias y rituales formales, mientras que otras son muy casuales e informales. Algunas son bulliciosas y turbulentas, otras son quietas y contemplativas. Algunas se realizan en bellas catedrales, otras en galpones y campos. En medio de tal diversidad, los cristianos, algunas veces, se preguntan si la adoración es simplemente una cuestión de gusto. ¿Todas las formas de adoración agradan de la misma forma a Dios si los adoradores son sinceros? ¿Todas las formas de adoración son aceptables delante de Dios?

La cuestión de lo que agrada a Dios en la adoración llega con urgencia especial en nuestros días, visto que en las últimas décadas los protestantes han experimentado muchos cambios en las formas de adoración, cosa que no se había visto desde el siglo XVI. El resultado es que algunas congregaciones y denominaciones han experimentado serios conflictos sobre la adoración. Iglesias se han dividido e individuos se han cambiado de congregación en congregación por causa de visiones diferentes de la adoración.

Algunas de las diferencias sobre la adoración parecen superficiales, sin embargo, ellas pueden generar acalorados debates. ¿Debemos usar himnarios o un proyector? ¿Debemos sentarnos en bancas o en sillas acolchadas? ¿Qué estilo de música debemos usar? ¿Qué tipo de instrumentos debemos tocar? ¿Cómo debemos orar? ¿Qué tipo de predicación es la adecuada? 

Frecuentemente esas diferencias residen en la cuestión de que si los cultos deben ser orientados para el visitante no miembro de la iglesia o si deben ser para el miembro fiel de la iglesia.

Las diferencias sobre la adoración pueden también reflejar teologías y metodologías totalmente diferentes en la comunidad cristiana. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Jóvenes "brillantes" en el ministerio

"Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos" 
(1 Timoteo 6:11-12).

Estar en el ministerio pastoral no es cosa simple. Hay grandes desafíos, muchas dificultades, oposición, conflictos, etc. También hay grandes alegrías, satisfacciones incomparables y grandes experiencias con Dios.
Me parece que hoy existe un auge por las vocaciones pastorales en muchos jóvenes. Ellos desean servir al Señor y prepararse para el ministerio. Admiran a otros pastores (¡especialmente a los gurús norteamericanos!) y quieren ser como ellos.

Sé que muchos de estas "futuras estrellas" tienen grandes sueños para la iglesia. Muchos de ellos hablan con una propiedad tan impresionante que parece que tuvieran varios años de ministerio cuando en realidad no tienen ninguno.

Quien escribe estas líneas es pastor hace sólo 8 meses (ministro ordenado). Antes de ir al seminario fui presbítero regente. Luego pasé 4 años en práctica durante mis años de seminario y aprendí en la experiencia del campo ministerial muchas cosas. Sin embargo, sé que estoy dando mis primeros pasos. 

Desde que soy pastor, he visto a algunos jóvenes que aún no son pastores y ya están dando pautas de cómo se deben hacer las cosas y quieren expresar con sus palabras la supuesta profunda comunión con Dios que ellos tienen y el gran conocimiento teológico que ostentan. Muchos de ellos son simples lectores de blogs y de pequeños artículos. Tengo serias dudas si es que alguna vez han leído una obra de teología contundente de tapa a tapa (por ejemplo, muchos de ellos hablan de Calvino, lo citan, pero tengo absoluta certeza de que nunca han leído la Institución de la Religión Cristiana por completo). Además, hablan de los evangelios, de las cartas de Pablo y de otros libros de la Biblia como si ellos fuesen los grandes exegetas y quieren impresionar con su supuesto gran conocimiento. Falta humildad en estos jóvenes, pero más que humildad, creo que les faltan mentores que los ayuden a dar los primeros pasos en el ministerio cristiano, mentores que les enseñen la necesaria humildad para servir al Señor.

Yo soy joven como muchos de ellos (sólo tengo 35 años) y, en la medida de mis posibilidades, intento mantener mis pies bien puestos en la tierra. Aún tengo mucho que aprender, no sólo de la Biblia y de la teología, sino que también de la vida y práctica ministerial. Se requieren muchos años de aprendizaje para decir que uno ya está caminando a paso firme en el ministerio. 

Le pido a Dios que nos ayude. Que no caigamos en el pecado de creer que tenemos todas las respuestas o que será nuestra generación la que finalmente llevará a la iglesia a alturas no alcanzadas antes. Que el Señor nos haga humildes, cautos, tardos para hablar y que antes de ser líderes (o de desear serlo) podamos colocarnos a los pies del Supremo Pastor, Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


jueves, 31 de enero de 2013

Dios existe y Él se reveló

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Hebreos 1:1-3).

Dios existe porque él se reveló. Se reveló de una forma múltiple: por medio de la creación, a través de la consciencia, en las Sagradas Escrituras y, sobre todo, por medio de Jesús. Por eso podemos conocerlo. Todo lo que Dios quiso que el hombre supiese a su respecto está en las Escrituras. Debemos examinarlas porque ellas testifican acerca de Dios.

Algunas preguntas necesitan ser respondidas: ¿La Biblia es confiable? ¿Puedo tener certidumbre de que su contenido es inerrante e infalible? ¿Las Escrituras son suficientes para que tengamos una fe madura y una vida abundante? Para responder a esas preguntas vamos a considerar tres verdades:

1. La Biblia es inerrante en su contenido. La Biblia no contiene errores. La Palabra de Dios no puede fallar. Su contenido fue revelado por Dios. Sus autores fueron inspirados por Dios. Su registro fue asistido por el Espíritu Santo de Dios. Por lo tanto, hay precisión en las descripciones, precisión en los relatos e inerrancia en sus enseñanzas. La Palabra de Dios no es el fruto de elucubraciones humanas ni es el resultado de la elucidación vacilante de la mente humana. El origen de la Biblia está en el cielo. Su verdadero autor, el Espíritu Santo, fue quien inspiró hombres santos para registrar todo lo que Dios quiso revelar. La Biblia fue escrita en un período de 1.100 años. Cerca de 40 hombres usados por Dios, de culturas diferentes, escribieron en tiempos diferentes, para públicos diferentes y no hay ni siquiera una contradicción. Eso se debe a que Dios es el autor. Porque Dios es verdadero en su ser, su Palabra no puede fallar.

2. La Biblia es infalible en sus profecías. Las profecías bíblicas son específicas, exactas y muy bien definidas. Millones de profecías ya se cumplieron y muchas otras se están cumpliendo literal y fielmente. Ningún libro religioso de la historia se compara a la Biblia en este particular. Si colocásemos el cumplimiento de las profecías en el campo de las coincidencias, eso daría un número semejante a 10 elevado a la décima séptima potencia (1017). Muchos críticos, con una arrogancia patente, intentaron desacreditar a la Biblia, pero sus argumentos insolentes cayeron en el polvo del olvido y la Biblia victoriosamente triunfó. La Biblia es el yunque de Dios que quiebra todos los martillos de los críticos.

3. La Biblia es suficiente en doctrina y práctica. No necesitamos de otras revelaciones extra-bíblicas para conocer todo lo que Dios quiere que sepamos para tener vida eterna. De hecho, Dios lanza una maldición sobre aquellos que sustraen de ella o le añaden algo. La revelación de Dios está completa y el Canon está cerrado. No existen nuevas revelaciones. No existen nuevos mensajes. Debemos examinar la Biblia porque en la Palabra de Dios tenemos una reserva inagotable de todo lo que necesitamos para crecer en la fe y en la vida cristiana.

¿Quieres conocer a Dios? Lee la Biblia. ¿Quieres oír todo lo que Él ha hecho por ti? Estudia la Biblia. Te aseguro que te embarcarás en el mejor viaje que podrás experimentar.   

Los Cielos Cuentan la Gloria de Dios

El Salmo 90:2 dice: Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”. Aquí el salmista expresa lo que ya hemos notado anteriormente: La Biblia presupone la existencia de Dios y nunca intenta probarla.   

Dios es presentado en la Escritura como el Creador, como la Causa primera de todas las cosas, como Aquel que existe eternamente, como Aquel que no tiene principio ni final. Dios creó todas las cosas de la nada y por el poder de Su palabra ellas existen (Gn.1:1, 26-27; Sal. 33:6,9; Hb. 11:3). Sobre la revelación general José Grau nos dice lo siguiente: 

“Entendemos por tal la que nos es dada en la contemplación de los fenómenos de la naturaleza –y el estudio de las leyes que la rigen–, en la constitución y operación de la mente y el cuerpo humanos, y en los hechos de la historia colectiva y la experiencia personal (Sal. 8:1; 19:1-2; Ro. 1:19-20; 2:14-15; Hch. 17:27)”[1]

Concordamos plenamente con esta definición. La revelación general es la forma en que Dios se hace conocido a través del Universo creado, de la constitución humana y de Su gobierno providencial en la historia humana. 

Características de la Revelación General

La revelación general es universal. Está al alcance de todo ser humano. Está allí, a fin de que todos la vean y sean llevados a preguntarse sobre el Dios creador. En la Institución de la Religión Cristiana Juan Calvino señala: 

“Infinitas son las pruebas, así en el cielo como en la tierra, que nos testifican su admirable sabiduría y poder. No me refiero solamente a los secretos de la naturaleza que requieren particular estudio, como son la astrología, la medicina y toda ciencia de las cosas naturales; me refiero también a los que son tan notorios y palpables, que el más inculto y rudo de los hombres los ve y los entiende, de suerte que es imposible abrir los ojos sin ser testigo de ellos”[2]

Es evidente que la revelación general es natural. Se manifiesta en el mundo creado y en la constitución humana. Dios ha dejado sus “huellas” en la creación, con el objetivo de que sirva como testimonio perenne de su gloria y majestad. Sin embargo, no podemos confundir revelación general con teología natural. La diferencia entre estas dos será tratada más adelante en este curso. La Escritura no hace distinción entre revelación natural y sobrenatural. Utiliza los mismos términos para ambas revelaciones. 

Según la Biblia, toda revelación es sobrenatural. El propio término revelación, como ya hemos mencionado, apunta a eso. Siempre es Dios quien se manifiesta, ya sea en la naturaleza o de otras maneras conocidas como revelación especial. La Creación fue el primer acto revelador de Dios[3]. El Creador se manifestó al hombre en el mundo creado y, junto con ello, se manifestó en el gobierno providencial sobre esa creación. Así es como la Escritura mira la naturaleza y la historia, a saber: como el teatro donde Dios, quien es el Creador de todas las cosas, quien las sustenta y ejerce su gobierno sobre ellas. Todo esto es un acto de revelación permanente de parte de Dios.

La revelación general es también un acto libre de Dios. Dios se quiso revelar como ya hemos dicho. Él, por Su soberana voluntad, planeó manifestarse en la luz de la naturaleza, en las obras de la Creación y en la Providencia. Como dijimos, toda revelación tiene su iniciativa en Dios, ya que es Él quien se manifiesta a los hombres. Sin este acto previo y unilateral de Dios el hombre jamás habría tenido posibilidad alguna de conocerle. 

La revelación general es objetiva. Con esto queremos decir que está allí, que está al alcance de todos los hombres que quieran observarla. 

A pesar de todo lo dicho, debemos decir también que la revelación general es insuficiente. Con esto queremos significar que no fue programada para traer un mensaje de salvación a los hombres. En ella no existe ninguna invitación para que los hombres tengan comunión personal con Dios. En ella no encontramos un mandato específico al arrepentimiento y a la fe. Ciertamente la revelación general comunica verdades concernientes a Dios, pero no consigue transformar al hombre. Esa transformación sólo es posible por medio de la aplicación que el Espíritu Santo hace de las verdades contenidas en el Evangelio. 

El conocimiento que podemos adquirir de la revelación general siempre será escaso, inadecuado, incierto. Según Bavinck la historia de la filosofía confirma esto, ya que ella registra cómo los sistemas filosóficos rompen unos con los otros y que su destino siempre ha sido alguna forma de agnosticismo[4]

Bavinck dice también que otra prueba de esa insuficiencia está en el hecho de que es claramente demostrable que ninguna persona ha quedado completamente satisfecha con la religión natural. 

La relación entre Religión y Revelación General 

El ser humano es un ser religioso. Esto es corolario del hecho de que fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios lo creó para que se relacionara con Él.

El simple hecho de que el hombre es un ser religioso ya dice mucho. Los demonios no tienen religión, pues a pesar de que ellos no dudan de la existencia de Dios, son movidos por el miedo y el odio hacia Él (Stg. 2:19). Tampoco podemos decir que los animales tienen religión, pues ellos no poseen conocimiento abstracto, y la idea de Dios, que es indispensable para la religión, está fuera de su alcance. La religión sí es una característica propia de los seres humanos. A pesar de que el hombre se encuentra en estado de condenación (alienado de Dios), aun así, él está consciente de la existencia de Dios y de su deber de adorarlo[5]

Ahora surge la pregunta: ¿Qué debemos entender por religión? La religión, tal como es definida en Las Escrituras, es el temor de Jehová. Este temor no es miedo, no es terror, sino una actitud de reverencia unida al amor que el propio conocimiento de Dios produce[6]. Este temor va acompañado no sólo de amor, sino también de confianza. Louis Berkhof en su obra Sumario de la Doctrina Cristiana dice: 

“Las Escrituras nos enseñan que la religión es una relación del hombre para con Dios en la cual el ser humano se da cuenta de la majestad absoluta y el poder infinito de Dios, a la par que de su propia pequeñez e insignificancia y de su completa impotencia. Podemos pues definir a la religión así: Una relación con Dios voluntaria y consciente, que se expresa en una adoración rebosante de gratitud y en un servicio lleno de amor. La forma de esta adoración religiosa y servicio a Dios, no es el producto de la voluntad arbitraria del hombre, sino que ha sido determinada por Dios mismo”[7].

Sabiendo ya lo que es la religión, veamos ahora cómo se relaciona con la revelación general. 

Podemos decir que la religión es fruto de la revelación general de Dios, ya que el hombre, al contemplar la majestad absoluta y el poder infinito de Dios en las cosas creadas, es llevado a reverenciar al Creador y, consecuentemente, a adorarlo. 

Todas las grandes religiones afirman ser el resultado de algún tipo de revelación. La veracidad de esta afirmación no será discutida en este estudio porque escapa de los objetivos del mismo. El punto en discusión aquí es que existe una relación estrecha entre revelación y religión, relación que se ve en todas las religiones sin excepción[8]Esta unanimidad nos ayuda a comprender que cuando hablamos de revelación no nos estamos apuntando a un fenómeno arbitrario o incidental, sino que estamos refiriéndonos a un componente esencial de la religión[9]

Si la religión y la revelación están tan estrechamente ligadas, podemos decir que la revelación es el fundamento de la religión y que sin ella la religión, tal como la concebimos hoy, no existiría. 

Conclusión 

Dios se ha manifestado en la creación, en la providencia y en la estructura humana. Eso es lo que llamamos en teología la Revelación General

Dios nunca ha quedado sin testimonio sino que los cielos, el firmamento, la tierra y todos los seres creados (en especial el hombre) proclaman la existencia del Dios creador.



[1] GRAU, José. Curso de Formación Teológica Evangélica, Tomo I: Introducción a la Teología. Barcelona, CLIE, 1973, pág. 68.
[2] CALVINO, Juan. Institución de la Religión Cristiana. Barcelona: FELiRe, 1999. I.5.2.
[3] BAVINCK, Herman; Bolt, John; Vriend, John: Reformed Dogmatics, Volume 1: Prolegomena. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2003, S. 307.
[4] BAVINCK, Herman; Bolt, John; Vriend, John: Reformed Dogmatics, Volume 1: Prolegomena. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2003, S. 313.
[5] BAVINCK, Herman: The Philosophy of Revelation: The Stone Lectures for 1908-1909, Princeton Theological Seminary. Bellingham, WA: Logos Research Systems, Inc., 2008, pág. 142.
[6] CALVINO, Juan. Institución de la Religión Cristiana. Barcelona: FELiRe, 1999, I.2.2.
[7] BERKHOF, Louis. Sumario de Doctrina Cristiana. (énfasis mía).
[8] BAVINCK, Herman; Bolt, John; Vriend, John: Reformed Dogmatics, Volume 1: Prolegomena. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2003, pág. 285.
[9] Ibid.
[10] BAVINCK, Herman: The Philosophy of Revelation: The Stone Lectures for 1908-1909, Princeton Theological Seminary. Bellingham, WA: Logos Research Systems, Inc., 2008, pág. 302. 

viernes, 18 de enero de 2013

¿Qué es confiar en Dios?


“Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre” (Salmo 125:1)

Todos los días enfrentamos dificultades. No hay duda de que así es. Algunos, frente a éstas, se desesperan, otros, se enfadan y otros quedan totalmente perplejos. Los hay también que no dan mayor importancia y que viven, supuestamente, en una perenne tranquilidad. Como vemos, todos enfrentamos dificultades y en lo único que diferimos es la forma como reaccionamos delante de ellas.

En el ministerio he podido conversar con varias personas que pasan por dificultades. Algunos sufren por problemas matrimoniales, otros por salud, otros por trabajo, etc. Normalmente las personas me preguntan: “pastor, sé que el Señor tiene un propósito para todo esto, pero ¿por qué siempre en mi vida todo es tan complicado?”. Podemos dar varias respuestas y procuren calmar los corazones afligidos. Sin embargo, lo único que realmente podemos hacer es confiar en el Señor.

¿Qué es confiar el Dios? Una buena respuesta sería esperar con firmeza y convicción en sus promesas

Veamos cada una de las partes de esta definición.

1.       Esperar: Esta palabra apunta para permanecer en un mismo lugar hasta que ocurra algo. La idea es que nada nos puede mover de nuestra posición hasta que Dios actúe. Un ejemplo perfecto de esto son las palabras de Job quien, a pesar del profundo pozo en que se encontraba, esperaba en el Señor (Job 6:11; 13:15a).

2.      Firmeza: Esta palabra tiene la idea de constancia, es decir, aquella fuerza interna que no se deja dominar ni abatir. La firmeza es perseverancia, aquella virtud que nos lleva a no desistir. El Nuevo Testamento usa esta palabra para describir la actitud de mantenerse en aquello que se cree (Col. 2:5; 2 P. 3:17).

3.      Convicción: Es a aquello a lo que estamos fuertemente adheridos. La idea es no soltarse, permanecer agarrados fuertemente (Flp. 2:16; 3:12).

4.      Promesas: Las promesas de Dios son expresiones de Su voluntad. Él ha decidido hacer o darnos algo. Sus promesas son todas bendiciones que recibimos por gracia, es decir, de forma inmerecida (Hch. 1:4; Ro. 15:8; 2 P. 1:4).

Dios siempre ha ordenado que Su pueblo confíe en Él. No se trata de una confianza ciega, sino que descansa en la inmutabilidad y fidelidad de Dios. Él no cambia, por lo tanto, si algo ha prometido, a su tiempo lo hará.

Así que, querido creyente. Espera pacientemente en el Señor sin importar las dificultades. A su debido tiempo, Él hará.

“Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará” (Salmo 37:4-5).

jueves, 3 de enero de 2013

Sueños para el 2013

Cuando un nuevo año comienza, nuevos proyectos, nuevos planes y sueños comienzan a ser implementados. Las personas desean con todo su corazón que un nuevo año traiga las cosas que el año pasado no trajo; que los malos ratos, las tristezas y las frustraciones del año que se fue, queden en el olvido y que, Dios mediante, no se repitan de nuevo.

Para un ministro del evangelio, un nuevo año también presenta nuevos desafíos. El año que pasó estuvo lleno de victorias y derrotas, de momentos de alegría y de momentos de profundo abatimiento. Todo lo que se hizo mal el año pasado sirve para evitar caer en los mismos errores.

Sabemos que cada año trae consigo nuevos desafíos, pues no porque cambie un dígito en el calendario, la realidad va a cambiar. ¡Y muchas veces nos damos cuenta que las cosas continúan de la misma forma!

Cuando pienso en la iglesia, no puedo evitar soñar en grande. Sueño con una iglesia comprometida que en unidad sirve al Señor. Sueño con una iglesia donde nadie hace nada para que otros lo vean, sino que lo hace de corazón como para el Señor. Sueño con una iglesia donde las murmuraciones no estén presentes. Sueño con una iglesia donde la carga de trabajo es asumida por muchos en vez de unos pocos. Sueño con una iglesia que ama la Palabra y que cada uno de sus miembros desean conocerla cada día más. Sueño con una iglesia donde la predicación del evangelio ocupa un lugar central en el quehacer diario. Sueño con una iglesia llena de creyentes que están dispuestos a entregar toda su vida en servicio al Señor.

Es bonito soñar, pero la realidad nos hace despertar y colocar los pies en el suelo. Sé que mis deseos no pasarán de eso, sólo deseos.

¿Reconocer que muchos de mis sueños no se concretarán me desmotiva? Claro que no. Al contrario, me hacen pensar en mi. Si quiero una iglesia así, ¿qué papel estoy jugando? ¿qué estoy haciendo para que mis sueños se hagan realidad? Aquí propongo algunos pasos:

1. Orar. La oración es la mejor forma de decir: "Señor, nada podemos sin ti". Es por medio de ella que reconocemos nuestra dependencia absoluta del Señor. La oración debe acompañar todo el resto del proceso.
2. Evaluar la realidad. Muchas veces nuestros sueños son demasiado elevados en relación al medio donde estamos. Tenemos expectativas demasiado altas y, a veces, inalcanzables.
3. Soñar. Ahora que conozco la realidad, puedo soñar "con los pies en la tierra".
4. Planificación de acciones. Una vez que hacemos una evaluación adecuada de la realidad y soñamos conforme a esa realidad, podemos planificar acciones destinadas a alcanzar nuestros "sueños aterrizados".
5. Implementar las acciones. Una buena planificación nos llevará a implementar todo lo planificado.
6. Esperar pacientemente por los resultados. Todo el esfuerzo anterior dará fruto a su debido tiempo.

Un querido profesor en el Seminario una vez me dijo: "El Señor ama más Su iglesia de lo que tú y yo la amamos". Esas palabras hasta hoy dan vueltas en mi cabeza. Saber que mi celo y mi amor por la iglesia es pobre en comparación con el amor del Señor por ella trae consuelo a mi corazón.

No tengo todas las respuestas. Es más, tengo más dudas que respuestas. Ser pastor, es el mayor privilegio que el Señor me ha dado. Amo la iglesia, quiero dar mi vida para servir a mis hermanos, para edificarlos, para guiarlos. Sé que necesito más y más de Cristo. Él es el único que puede socorrer a este pecador.

Las palabras del Señor siempre estarán presentes en mi corazón. Él dijo "...yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt. 28:20). Ese es mi consuelo, ese es mi sostén.

¿Sueñas con una iglesia maravillosa? ¡Yo también!

jueves, 20 de diciembre de 2012

Sed de Dios: Reflexiones sobre la Espiritualidad


El Salmo 42 comienza con la siguiente frase: “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo…” (v.1-2a). La oración de este salmo describe la experiencia espiritual de millones de creyentes de todas las épocas y lugares. Muchas veces nuestra alma siente sed de Dios, desea estar en Su presencia y disfrutar de una íntima comunión. Sin embargo, el panorama a veces es desolador. La tristeza, la amargura, la frustración, el temor y el dolor, toman cuenta del creyente y lo sumergen en las profundas aguas de la desesperación. En esas condiciones el clamor por Dios es más intenso y estar cerca del Señor se transforma en una necesidad de extrema urgencia.

No debe sorprendernos, entonces, que tantas personas busquen una experiencia más intensa con Dios. Personas que frecuentan la iglesia, pero que están cansadas con los meros formalismos y que sienten un vacío que necesita ser llenado de alguna forma, buscan aproximarse a Dios y, para ello, organizan diversas actividades sean éstas retiros espirituales, reuniones de oración, discipulados, días de testimonios, etc.  Este clamor y necesidad debe ser percibido por el liderazgo de la iglesia. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué existe esta necesidad? ¿Hay algo que no estamos ofreciendo? Son preguntas que los líderes se deberían formular cuando este tipo de inquietud está surgiendo dentro de la congregación.

Una reacción inadecuada puede ver a estos grupos como potenciales “clanes separatistas”. ¿Será que ellos quieren formar una iglesia dentro de la iglesia? ¿Se tratará de un grupo con tendencias carismáticas? Son preguntas válidas que el liderazgo se debe hacer frente a situaciones como estas. Sin embargo, me gustaría proponer una aproximación diferente.

Un Clamor, Una Necesidad

Cuando vemos movimientos así en la iglesia lo primero que debemos preguntar es: ¿Cuál es la necesidad esencial de este grupo? Se puede tratar de personas heridas, que han pasado por diversas experiencias, tanto dentro de la iglesia como fuera de ella, que las han llevado a sentir una profunda carencia de relaciones. Ellas quieren sentirse amados y quieren amar sin temor de que los defrauden. También se puede tratar de personas que perciben una aridez en la enseñanza bíblica y que no sienten que una clase bíblica llene su necesidad de Dios. En el primer caso, tenemos personas con una gran necesidad de acompañamiento y, en el segundo, personas con una mala comprensión de la importancia de la Biblia para un desarrollo espiritual sano. Veremos cada uno de estos casos de forma separada.

Las Ovejas Heridas y Su Cura

Las Escrituras presentan a los creyentes como ovejas. Este animal es mencionado en reiteradas oportunidades en toda la Biblia. Se trata de un animal doméstico por excelencia que se adapta bastante bien a lugares semiáridos. Es un animal muy manso y no posee ningún dispositivo de defensa.

Por este motivo, la Biblia usa la figura de la oveja para describir al creyente en el sentido de que es muy fácil que éste sea víctima del mal. La oveja es un animal distraído que se aparta muy fácilmente del rebaño. He aquí la necesidad que tiene el pastor de estar atento en todo tiempo.

Una oveja herida requiere mayor cuidado y dedicación, pues si por naturaleza es frágil y más encima se encuentra herida, necesita de los curativos del pastor e, incluso, requerirá ser cargada hasta que consiga seguir adelante por sus propios medios.

Debemos reconocer que todos los creyentes somos como las ovejas, es decir, somos frágiles, indefensos, distraídos y absolutamente dependientes del Supremo Pastor. También, no podemos olvidar que muchos creyentes están heridos y requieren de cuidado especial para ser sanados y que otros pueden necesitar que los llevemos sobre nuestros hombros durante algún tiempo hasta que se valgan por sí mismos.

¿Por qué un creyente puede estar herido? Varios son los motivos y aquí sólo mencionaré dos.

a) Por causa del pecado:

La Biblia utiliza varias palabras que son traducidas por el término pecado. El sentido del término siempre apunta para “fallar” o “errar”. Sin querer entrar en los pormenores y consecuencias que el pecado produce, sí debemos decir que él siempre genera destrucción y muerte (Ro. 6:23).

Sabemos que los vestigios del pecado permanecerán mientras vivamos y que los deseos pecaminosos que están en nuestra naturaleza caída siempre estarán en actividad. Esto nos debe llevar a ser vigilantes, sabiendo que la tentación está aguardando para inducirnos a desviarnos de los caminos del Señor.

Cuando un creyente peca y no se arrepiente, sufre. El salmista dice: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Sl. 32:3). El silencio doloroso que David describe no dice relación con una falta de conocimiento del acto pecaminoso cometido, sino que está diciendo que no quiso, conscientemente, confesar su rebelión. David dice que la falta de confesión llevó a que sus huesos se envejecieran, es decir, sufrió una especie de reacción psicosomática. Algunos comentaristas discuten esto en el sentido de que un salmo es poesía, género literario donde uno de los elementos esenciales es el uso de lenguaje figurado. Sin embargo, podemos decir sin temor a errar que el salmista se sintió espiritualmente débil, seco y que sufrió mucho, hasta el punto de llegar a “gemir”.

No cabe duda que el pecado no confesado produce eso en la vida de los cristianos. Es una dura carga que cansa, que agota, que hastía. El pecado produce tristeza, pues roba la alegría que el creyente disfruta en Cristo Jesús.

b) Por causa de los pecados de otros:

Cuando digo que un creyente puede ser herido por causa del pecado de otros me estoy refiriendo no sólo a quienes ofenden a un hermano causándole un daño grave, sino también a aquellas conductas pecaminosas que han provocado profundos dolores en el corazón de otros creyentes. Dentro de éstas últimas tenemos: desprecio, despreocupación, abandono, indiferencia, falta de reconocimiento, etc. Un creyente que ha sufrido este tipo de abusos pecaminosos por parte de sus hermanos, o de sus líderes, sufre mucho. Son innumerables las personas que han abandonado las iglesias decepcionados de los cristianos.

Estos dos grupos de personas necesitan ser pastoreadas. En el caso de aquellos que han pecado y no se han arrepentido, deben ser llevados a la confesión y al arrepentimiento (Lv. 5:5; Nm. 5:6-7). La confesión es la condición para recibir el perdón y es a ello que estas personas deben ser conducidas (Pr. 28:13). ¿Cómo hacerlo? Pues, decirle a una persona que está sufriendo las consecuencias de su pecado y que debe arrepentirse es una dura tarea. El primer paso es exponer a esa persona su pecado, sea cual sea. Si se trata de orgullo, debemos abrir sus ojos para que entienda que eso la está destruyendo. Si se trata de la mentira, también debemos decirle que eso la está matando y así con cualquier otro pecado. En este proceso es importante mostrar que hay bienaventuranza en la confesión (Sl. 32:1-2) y que alcanzar el perdón es posible (1 Jn. 1:9). Además, es necesario que el líder se muestre amoroso y humilde. No debe mostrarse como uno que está sobre todas las personas para indicar cada una de sus faltas, sino como uno que también lucha contra el pecado todos los días. La humildad, la comprensión y el verdadero amor, son indispensables para ejercer esta función ministerial. Siempre el líder debe presentarse como uno que ha sido enviado por el Señor con el fin de que los hombres se vuelvan de sus pecados y que se rindan a los pies de Jesucristo. Si es necesario debemos suplicar que lo hagan (2 Co. 5:20).

Con respecto a los decepcionados, la tarea puede ser un poco más prolongada, ya que estas personas necesitan ser restauradas. La restauración es un proceso que lleva tiempo. Es necesario trabajar con paciencia y delicadeza, puesto que cualquier error puede provocar un daño aún mayor.

Tanto en las tareas de exposición de pecados y en la de restauración es necesario que tengamos presente los siguientes elementos: intimidad, instrucción, orientación, consuelo, protección e intercesión. Veamos brevemente cada uno de ellos.

(1) Intimidad: Este elemento dice relación con el conocimiento que se debe tener de la persona afectada. Jesucristo afirmó que él conoce a sus ovejas y que las ovejas lo conocen (Jn. 10:11-15). Existe una relación que va más allá de frecuentar una misma iglesia y de verse domingo tras domingo. Es aproximarse y escuchar, es estar presente, es invertir tiempo con esa persona con la finalidad de poder ayudarla.

(2) Instrucción: El libro de Hechos registra que los apóstoles enseñaban la Biblia en el Templo y de casa en casa (Hch. 2:46; 20:20; 2 Ti. 2:2). Es imposible realizar la obra de exposición de pecados y de restauración sin instrucción bíblica. De nada sirve sólo oír, pues únicamente el Señor es quien, por medio de Su Palabra, puede convencer a alguien de su pecado y restaurar un corazón que está profundamente herido.

(3) Orientación: Es necesario estar presente en aquellos momentos de preocupación, dolor, tristeza y desilusión. Este elemento procura dar una palabra adecuada y un consejo bíblico para solucionar la situación. La orientación o consejería se realiza mediante la exposición de la Escritura, la cual es suficiente para llenar todas las áreas carentes de nuestra vida (2 Ti 3:16-17).

(4) Consuelo: El consuelo que se da a aquellos que sufren es de gran importancia (2 Co. 1:3-7). No debemos olvidar que somos instrumentos en las manos del Espíritu Santo para ofrecer esperanza a aquellos que han caído y para aquellos que están bajo profundo sufrimiento. Una buena doctrina concede esperanza y consuelo, no debemos fallar en ofrecer la verdad en amor.

(5) Protección: Jesús, como el Buen Pastor, cuida a sus ovejas (Jn. 10). Él guía a sus ovejas y ellas lo siguen. Por lo tanto, nuestro trabajo es enseñar a las ovejas a seguir a Cristo, por medio del estudio de las Escrituras (sólo así lo conocerán y lo seguirán).

(6) Intercesión: Finalmente, la oración por aquellos que han caído y por aquellos que están heridos es fundamental. La cura no viene de nosotros, ya que solamente Dios tiene el poder para restaurar las almas. La oración por las ovejas no puede ser olvidada (cf. Stg. 5:13-18).
  
La Biblia y el crecimiento espiritual

Como mencioné anteriormente, las personas están sedientas por tener intimidad con Dios. Sin embargo, son pocas las que procuran que esta búsqueda por intimidad se encuadre en los moldes que Dios estableció en Su bendita Palabra.

¿Cómo alcanzamos esa tan anhelada intimidad espiritual con el Señor? Lo primero que debemos hacer es reconocer que necesitamos mayor intimidad con el Señor. “Si alguno tiene sed –dijo Jesucristo– venga a mí y beba” (Jn. 7:37). El primer paso es admitir la profunda necesidad que tenemos: queremos estar cerca de Él, queremos sentir Su presencia. Debemos reconocer que necesitamos al Señor y que desesperadamente tenemos urgencia de la plenitud de Su Espíritu. El segundo paso es orar por la plenitud del Espíritu y el Señor, que es el dador de todas las cosas, lo concederá (cf. Lc 11:13). Finalmente, es menester reformar nuestra conducta. El Espíritu es dado a aquellos que se someten al Señor (Hch. 5:32; Sl. 143:10). La reforma diaria es de extrema importancia para que conozcamos y nos deleitemos en la voluntad del Señor (Ro. 12:1-2).

El camino para la verdadera intimidad con Dios siempre pasa por la Biblia. La Fe se genera por oír la Palabra de Dios (Ro. 10:17).

No te engañes, nada fuera de la Palabra te puede llevar a estar más cerca del Señor. Si tu alma tiene sed de Dios y si sientes deseos de experimentarle más intensamente, ve a la Biblia, estudia la Biblia y deléitate en la Biblia. Allí hallarás al Señor.

Si hay un clamor por experimentar la presencia de Dios, si hay un grupo en la iglesia que desea más de Él, seamos sensibles y sirvamos de instrumentos para que otros sacien su sed en Aquel que es el agua viva.